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Navidad en España

¿Sabías que hasta 1870 nunca hubo un árbol de navidad en España? ¿Y que fue únicamente a partir de los años 60 que los niños españoles comenzaron a recibir regalos de Papá Noel (San Nicolás)? Durante muchos años, la navidad en España se celebró de manera distinta a la mayoría de países europeos. Y esas tradiciones siguen vivas, por supuesto.

     Hoy en día, la Navidad llega como en todas partes, cuando a finales de noviembre las tiendas se deciden a colgar sus adornos y luces,  y a colocar vistosos carteles proponiéndote aligerar el peso de tu cartera. Pero durante mucho tiempo, en España únicamente se preparaba la Navidad en las iglesias, con el encendido de las velas que marcaban el paso del Adviento, y en las casas, porque alrededor del 8 de diciembre, se comenzaba a montar el Nacimiento o Belén: una representación a escala del pesebre donde nació el niño Jesús, que muchas veces incluía figuras de otros habitantes de la aldea de Belén, pastores, lavanderas, artesanos…

     Los belenes son todo un arte en España, donde existen talleres artesanos dedicados exclusivamente a la fabricación de estas figuras. Muchos ayuntamientos, parroquias y demás instituciones preparan grandes belenes cuya extensión puede llegar a varios metros cuadrados, incluyendo figuras animadas, arroyos en los que fluye agua real y fuegos reales en las pequeñas casas de miniatura. Pero la esencia de los belenes siempre estará en las casas de las familias que, llegada la noche del 24 de Diciembre, se reúnen para celebrar la Nochebuena.

     Una Nochebuena en España no se entiende sin dulces. Los dulces tradicionales españoles son el turrón, manjar que los españoles debemos a los musulmanes, elaborado a base de miel y almendras, y que se puede encontrar en dos variedades, blando y duro. Tampoco pueden faltar en ninguna mesa los polvorones y mantecados, delicados dulces a base de harina, manteca y semillas o canela, junto a las figuras de mazapán y una gran variedad de frutos secos a la que últimamente se unen chocolates y bombones. Pero no todo es dulce, naturalmente. Antes de dejar que el nivel de glucosa en sangre aumente más de permisible en otra época del año, los españoles ya se han dado un verdadero banquete. No existe una manera estándar en la que se dividan los platos durante una cena de Nochebuena, pero muchas familias incluyen grandes raciones de marisco y besugo entre los manjares que se preparan.

     Las fiestas navideñas continúan con la celebración del día de los santos inocentes el 28 de diciembre, cuando los españoles se gastan bromas y cuelgan monigotes de papel de la espalda de sus amigos; y llegan a un clímax durante la Nochevieja, la noche del 31, cuando se despide al año viejo en un brindis de cava y champán, tras tomar las tradicionales doce uvas de la suerte, una por cada campanada del reloj que marca la entrada al nuevo año. Esta es una tradición relativamente reciente, pues data del año 1909, en el que la vendimia de uva fue especialmente abundante.

     Y ya entramos en enero, y aún no se ha dicho una palabra de los regalos. Es cierto que hoy en día muchos niños y no tan niños reciben regalos de Papá Noel la noche del 24 de diciembre, pero lo tradicional era que por entonces la familia menos cercana diera el Aguinaldo, cierta cantidad de dinero, y que las empresas obsequiaran a sus trabajadores con cestas de Navidad repletas de productos típicos.

     ¿Qué ocurre con los regalos, entonces? Hay que esperar a la gran noche de la Navidad española, la noche del 5 de enero: La noche de Reyes. Los niños llenos de ilusión dejan sus zapatos frente a la puerta de casa, junto con un plato con algunos dulces (no demasiados, pero suficientes para tres reyes de Oriente y algún que otro paje) y se van a dormir ansiosos por descubrir a la mañana siguiente qué regalos les han dejado Melchor, Gaspar y Baltasar. Cada niño suele tener su rey favorito, al que le habrá escrito una carta unas semanas antes, pidiéndole esos juguetes que tanta ilusión le hacen, y tratando de convencerles de que han sido unos niños buenos… Porque si alguien se ha portado mal, los reyes magos lo tienen muy claro: lo único que se merece es carbón. Carbón que, no obstante, puede encontrarse en las confiterías, hecho de azúcar, porque tampoco se puede ser tan duro con los demás.

     A la mañana siguiente, no sólo tenemos regalos, sino que nos espera el roscón de reyes, el dulce estrella para los niños. Un gran pastel de levadura, relleno de nata y cubierto de fruta confitada en el que se esconden pequeñas sorpresas que únicamente se descubren al morder. Regalos buenos, y no tan buenos, porque entre las figuritas y pequeños juguetes que esconde el pastel, también se encuentra un haba, que tradicionalmente señalaba al encargado de pagar el roscón (¡y ha de decirse que no son baratos!). Pero si alguien tiene la mala suerte de que le toque el haba, siempre puede llevarse un trozo de turrón a la boca y comenzar a recoger el Belén, metiendo cada figurita en su lugar, pensando en las próximas Navidades. 

Daniel Barrio Fierro