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 ESPAÑA, ¿PIEL DE TORO?

     Cualquier avispado visitante que se adentre en el territorio español, que comience a investigar su cultura, comparta conversación con nativos, y, por qué no, que haya leído los artículos publicados a través de los años en la página web de la escuela Porto Alegre, se habrá dado cuenta de lo distinta que es la España real a esa otra España tópica que suelen percibir desde el exterior. Esa España cañí cristalizada en ese horrible eslogan turístico del franquismo, “Spain is different”, con el que tan exitosamente trataron de venderles la moto de sol y playa a los incautos angloparlantes.
     No está exento de ironía el hecho de que, casi 25 años después de que España y Portugal entrara a formar parte de la Unión Europea, para muchas miradas extranjeras España siga siendo una especie de país rosquilla, una continua sucesión de costas y playas bañadas por el sol, en cuyo interior existe un lugar llamado Madrid (y, con un poco de suerte, Granada y Sevilla) donde la fiesta continúa pese a la falta de sombrillas. Pero no temáis queridos lectores, yo sé muy bien que vosotros no sois de esa clase de personas. Incluso me inclino a pensar que tal vez estéis incluso un poco cansados de que todos los españoles os repitan aquello de que “España no es sólo toros y flamenco”. No es que no les falte razón a los españoles, pero el caso es que si os fijasteis en las celebraciones de la victoria de la selección española de fútbol en el último mundial del 2010, haciendo sombra al famoso pulpo adivino Paul, en forma de peluches, camisetas e impreso sobre la misma bandera española seguía estando la eterna silueta del toro español. Y sin que importara el que nos encontráramos en Lugo, Vitoria, Girona, Teruel o Jerez de la Frontera.

El toro de Osborne
     Nos guste o no a los españoles, el toro es ineludible. Es nuestra torre Eiffel, nuestra estatua de la libertad, nuestra gran muralla. El propio territorio español recibe a veces el supuestamente poético nombre de “piel de toro” (que cada uno consulte el mapa más cercano y saque sus propias conclusiones acerca de lo afortunada o no que es esa comparación). Incluso viajando por sus carreteras saldrá tarde o temprano a nuestro paso, rompiendo la árida monotonía del paisaje de la meseta, la icónica figura del toro de Osborne. Nada que ver con el cantante de Black Sabbath, se trata una serie de antiguas y enormes vallas publicitarias de unos 14 metros de altura, situadas en lugares de alta visibilidad y plantadas a finales de los años 50 por toda la geografía española. El brandy que anunciaban originalmente sigue manteniendo unas muy buenas cifras de venta, pero el logotipo que diseñara en 1958 el artista gaditano Manolo Prieto ya no es únicamente propiedad de las bodegas Osborne. Tanto es así, que numerosos grupos nacionalistas lo han hecho objetivo de sus protestas en contra de la simbología española, entendida como símbolo del poder central que oprime a la cultura propia de las regiones periféricas. Así, durante los últimos años han aparecido toros pintados de naranja (Galicia), toros con ubres (Cáceres) y en Cataluña han ido desapareciendo los pocos toros que se encontraban en ese territorio: el último de ellos que queda en pié, situado en El Bruc, ha sido derribado y vuelto a reconstruir en cuatro ocasiones. Tal vez os preguntéis entonces, ¿Qué tiene de malo un toro?

A Cataluña no le gusta La Fiesta
      Como todos sabemos, el toro español es también conocido como toro de lidia, el protagonista de los distintos tipos de tauromaquia (del griego ταῦρος, toro, y μάχομαι, luchar) tan arraigados en el folklore español. El ejemplo más idiosincrático, y aquél que más críticas levanta, es sin duda el de las corridas de toros. Aquí es dónde el toro se convierte en un problema: no el animal en sí, entendedme, sino la imagen el toro de lidia como símbolo de un espectáculo que para muchos es cruel y anacrónico. No es de extrañar el revuelo mediático (nacional e internacional) que causó la decisión aprobada el día 28 de julio de 2010 por el Parlamento autónomo de Cataluña de prohibir los toros en el territorio catalán a partir de enero de 2012.  Dejando a un lado la lectura política (algunos dicen verlo como un intento de “des-españolizar” Cataluña), con ésta son dos las comunidades autónomas en las que las corridas de toros se encuentran prohibidas: Canarias ya había incluido la prohibición en su ley de protección de animales de 1991. Pero que nadie se lleve a engaño: para entonces ya habían pasado diez años desde la última corrida celebrada en territorio canario. Más aún, las peleas de gallos (controladas) siguen siendo legales en Canarias.
    ¿Pero qué quiere decir el hecho de que Cataluña haya prohibido lo que se dio en llamar “La Fiesta Nacional”? Los bandos se dividen entre los llamados pro-taurinos y los anti-taurinos. Los pro-taurinos alegaban el carácter cultural y tradicional de las Corridas y el valor artístico del toreo. A esto sumaban el argumento de que los toros de lidia, un animal que requiere una cría muy especial en amplias llanuras con encinas llamadas dehesas, habrían desaparecido, junto con las mismas dehesas, de no ser por el toreo. Por otra parte, los anti-taurinos (cuya visión del asunto es cada día más popular) alegaban que el sufrimiento de los animales convertía el espectáculo en algo inmoral. Esta controversia de 2010 llevó a los medios de comunicación un interesante debate acerca de los posibles derechos de los animales y de muchas otras cuestiones éticas y morales de calado bastante profundo. Tras la prohibición, podría parecer que los anti-taurinos han ganado el debate… sin embargo, Cataluña aún permite los encierros, o correbous, muy arraigados en algunas zonas de la comunidad.

No sólo espada y capote
      Una corrida de toros es únicamente uno (el más conocido, tal vez) de los tipos de tauromaquia o de espectáculos taurinos que se realizan en España. En ellas participan numerosas personas con papeles muy diferenciados, y todo el espectáculo se rige por estrictos códigos tradicionales. Una corrida de toros se divide en tres tercios: Varas, Banderillas y Muerte. En el primero se “mide” la fuerza del toro mediante pases con capote (un amplio trapo de color rosa) y estocadas del picador (a caballo), que con una especie de lanza hiere repetidamente al toro en la nuca para “prepararle”. En el segundo tercio los toreros vestidos con sus característicos trajes de luces continúan los pases de capote, y junto a ellos aparecen en escena los banderilleros, que clavan una serie de arpones de colores en el lomo del toro para “avivarle”. El último tercio concluye con la muerte del animal a manos del matador: tras una serie de pases de muleta (parecido al capote, pero más pequeño y de color rojo) el toro muere de una estocada en el corazón. Es aquí donde la mayoría de la gente encuentra objeciones a todo esto: la muerte del animal constituye la cumbre del espectáculo. Sus orejas (y en ocasiones excepcionales su rabo) pasarán a ser trofeos para el torero, si es que el público así lo decide. Y mientras que muchos entusiastas del toreo argumentan que el toreo es una “lucha” entre animal y hombre, si es el toro quien acaba con la vida del torero no hay ningún premio para él.
     Pero el caso es que la tauromaquia no se queda únicamente en las corridas. Desde la antigüedad del mundo mediterráneo se realizan espectáculos en los que participan estos animales: los frescos de la civilización minoica nos muestran a muchachos haciendo piruetas sobre el lomo de éstos animales y en roma se los utilizaba en los juegos circenses. Los amantes del arte tal vez conozcan la serie de grabados de Goya con temática taurina, en las que junto a corridas como las actuales se ven también otra clase de espectáculos: rejones (corridas a caballos), concursos de piruetas y de pases (conocidos como recortes), capeas de novillos y de vaquillas (similares a una corrida informal en la que el animal es más joven y no se le sacrifica) y encierros. De hecho, tal vez sean estos últimos los espectáculos taurinos más populares en España.
      Los más famosos son sin duda los celebrados en San Sebastián durante los festejos de San Fermín, durante la segunda semana de Julio, inmortalizados en los relatos del escritor Ernest Hemingway. El número de norteamericanos que vuelan hacia España para ponerse delante de los toros con un pañuelo rojo al cuello no hacen más que aumentar con los años. Pero en realidad, prácticamente la totalidad del territorio español tiene su propia versión de los encierros. Muchos pueblos celebran sus fiestas construyendo unos pasillos de madera por los que los jóvenes del lugar corren mientras son perseguidos por una o dos vaquillas. En Jaén se celebra el toro ensogao, también llamado Sokamuturra en el País Vasco. En Valencia se corre delante de toros embolaos, que llevan dos bolas de tela ardiendo clavadas en las astas, y en Cataluña son famosos los Correbous, que en las localidades costeras concluyen con el toro cayendo al mar.

Sangre y arena
      Tal vez la razón por la que todas estas celebraciones no reciben la misma atención que las corridas sea, aparte de la gran cantidad de rituales que rodean a éstas últimas, el hecho de que la muerte del animal no sea parte intrínseca de los encierros y demás espectáculos. Lo mismo ocurre por ejemplo con el equivalente portugués de las corridas de toros, los Forcados, en las que el animal no es herido, y cuyo objetivo es inmovilizar al animal o mostrar el valor de los mozos al mantenerse agarrados al toro por las astas. Sin embargo, no es difícil darse cuenta de que todos los espectáculos taurinos españoles no suponen para los animales un rato agradable, ni mucho menos. Tras la prohibición Catalana a las corridas, bastantes anti-taurinos se sorprenden de que ese mismo parlamento mantenga a los Correbous como una costumbre tradicional protegida.
      Cada uno puede tener su opinión acerca de la tauromaquia, pero lo cierto es que en el caso de España, los toros siguen teniendo una presencia palpable. Es cierto que las personas que muestran interés en el toreo tienden a ser personas mayores, que se encuentran en gran desventaja frente a aquellos que las consideran como algo extraño. De hecho, son bastantes las voces, tanto simpatizantes como no simpatizantes del toreo,  que han salido en los medios de comunicación criticando las medidas de prohibición. Si prestamos atención a las estadísticas, cada año se celebran menos corridas, y el interés en ellas también desciende. Por ello, muchos se preguntan si no sería mejor, en lugar de crear confrontación mediante una prohibición, esperar a que La Fiesta muriera de forma natural. El debate está servido, pero lo cierto es que de nada sirve querer negar la importancia cultural del toreo en España. Y mientras nadie le pregunta al toro qué opina él de todo esto, será interesante ver la evolución de su imagen como símbolo. Desde luego, su fuerza no parece decaer: si no, que se lo digan a esos tres amigos pamploneses que allá por 1989 empezaron a vender camisetas con unos dibujos de toros la mar de simpáticos bajo el nombre de Kukuxumuxu. A mí, personalmente, me hacen mucha más gracia sus toros futbolistas que cualquier señor en traje de luces.

 

Daniel Barrio Fierro